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Escribir acerca, o hablar sobre, la obra pictórica de la artista costarricense Olga
Dorado, es decir voluntad de vida, pálpito, deseo, misterio de la entrega. Esta intrépida
mujer, cuyos comienzos artísticos se remontan a su larga estadía en México, no se ha
dejado atrapar por sus obligaciones domésticas, las típicas de toda mujer latinoamericana,
sino que, a pesar de ello, y mostrando una fuerza inaudita, se ha emancipado a través de
su labor creadora.
Por eso el centro de su actividad artística es la mujer. A partir del acrílico
reconstruye, o desconstruye, como diría un crítico posmodernista, mujeres misteriosas
envueltas en tules o ataviadas con alas (¿ángeles caídos?), siempre rodeadas de objetos
erotizantes o de pájaros, cisnes, y plantas. Con acentos en el claroscuro, la artista ha
logrado crear un tipo de mujer lánguida, flotante en el ensueño de sus fantasías, pero no
por ello abandonando la sensualidad, que de alguna manera nos remite al espacio
mitológico de la entrega y del arrebato dionisiaco (¡Leda y el cisne!), pero siempre
resguardando cierto pudor apolíneo.
Pero la mujer ya no está sola. Ahora se enfrenta a la fuerza masculina del deseo
más violento, simbolizada en un icono de enorme e histórica trascendencia mitológica e
ibérica: el toro. El hilo de Ariadna ya ha acabado y el Minotauro embiste con toda su
potencia a la mujer en estado de defensa, pero a su vez en actitud de entrega. Con un
vocabulario de sombras y claroscuros, y con texturas más allá de la piel, la forma y los
trazos de Olga Dorado se enfrentan al ruedo de la embestida, potenciando la actividad
lúdica, por eso intensamente amatoria, de la mujer, resignificando su lucha compartida
por un paraíso perdido.
Pero no se crea que la propuesta de Olga Dorado parte de una concepción
feminista a ultranza. Desbordando las militancias unilaterales, las mujeres de Olga son
una celebración de la vida expresada en el ambiguo y dialéctico juego de eros y tanatos.
El trabajo de las superficies de sus cuadros y sus texturas, con retículos de tonalidades
también ambiguas, nos remiten a la lucha por la vida, desde el eros y el potens de la
fecundidad femenina, en lucha constante por su autoafirmación, es decir, por la posesión
del objeto de su deseo, ya no como el lado oscuro de la luna, o como la hembra sumisa y
en estado de espera, sino en la misma proactividad lúdica de su trama vital.
Saludemos pues la fuerza creadora de esta mujer artista que se proyecta en luces y
sombras a través de los infinitos espejos del arte, transmutándose en la pluralidad de
mujeres libres y plenas con el deseo a flor de piel y con el ansia de alzar el vuelo hacia el
paraíso de los más incandescentes sueños.
Adriano Corrales Arias
Esccritor
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En Los Almendros, un breve texto de 1940, Albert Camus nos anota una frase que Napoleón le expresa a Fontanes:”¿Sabe usted qué es lo que más admiro del mundo? La impotencia de la fuerza para fundar nada. Sólo hay dos potencias en el mundo: la espada y el espíritu. A la larga, la espada es siempre vencida por el espíritu.”
Aunque Camus amargamente, por “una Europa desgarrada”, siente que los tiempos han trastocado tal ordenamiento; y que, en esta época nuestra, visceral y devastada, pareciese que la infamia es la historia cotidiana, que los valores se han transmutado de suerte tal, y en magnitud proporcionalmente inversa al mega desarrollo industrial, económico y tecnológico, que la incuria, lo banal y la incivilidad, de la mano con una nula solidaridad moral y de la más soez chabacanería, hacen inasequible cualquier conato de esplendente ética, de mirada ilustrada, de florecimiento de lo interior; de, en fin, que la filigrana de la vida se esparza fundamentando el imperio y la razón de lo hominal. No es así.
Nos queda el espíritu humano, a la manera de Shelley:”modificado por todos los objetos de la naturaleza y del arte, por cada palabra y cada sugerencia que el hombre admita que haya actuado alguna vez sobre su consciencia…”
OLGA DORADO explota en rabia feroz, grito de guerra nunca de impotencia; planta su palabra y su trazo cromático cual estandarte contra los vientos de la barbarie, contra la desolación, contra la inmundicia y lo procaz. Se plantea al mundo, no como testigo de cargos sino cual, lanza y adarga en ristre, vindicadora de entuertos mil .
Pintora, poeta, contestataria, color y verbo, prolífica, profunda, intacta, pasional, relámpago incoercible, reflexiva, incólume, tenaz, exultante, férvida, austera, impetuosa, oráculo de un tiempo bizarro y desmedido, combatiente de una lid sin armisticios, in xochitl in cuicatl (flor y canto, poesía, en lengua náhuatl).
OLGA DORADO es endecha de combate, antigua canción de gesta, palabra impoluta que evoca y siente, que confronta y encuentra esta sangre, en su más profunda vindicta, en alarido mordaz, retador, iracundo; para el desollamiento de cada esperpento, de cada sueño trunco, de cada lágrima en la faz del dolor, en la encrucijada del cenobita. Espejo sordo para silencios negros.
OLGA DORADO pinta para la vida, para la muerte, para el perdón, para la redención, para la pasión, sus colores cabalgan en pos de todos los vientos, de todas las amarguras, de todos los dolores, de todas las vesanias, de todas las nostalgias, de todos los dioses muertos, de todos los poetas crucificados, de los días de espanto y estupor en que la fría muchedumbre concita la deidad sin rostro ni misericordia. Para ella no es ni obligación ni privilegio encarar la caterva irredenta sino un acto de devorarse a sí misma, de soledad abisal (...un cielo de espejos que te repiten y destrozan y te vuelven innumerable, infinito y anónimo. –Octavio Paz).
OLGA DORADO tiene la sexualidad a flor de piel, en vida y en obras, en colores y en palabras. El toro poderoso, brutal, ciego en furia aberrante; la fémina sensorial, ágil, lúbrica, etérea, crucial, inclusiva, impúdica. Así son, así combaten bajo un empíreo donde la negra luna abre los diques de proterva tormenta, de alaridos contenidos, de susurros germinales, de exangües rugidos. Es cuando sabemos que la hecatombe da inicio.
Con Shelley, finalizando el Tercer Acto de su Prometeo liberado: “Ha caído la máscara funesta; queda el hombre, / sin cetro, liberado, sin límites, pero hombre, / sin clase ni nación ni tribu, igual a todos, / sin culto ni temor ni jerarquía, rey / de sí mismo; benévolo, justo, sabio, pero hombre.” Hombre y mujer, unidos en la lucha, en la debacle, en la derrota, en la reivindicación, en la encarnación, en la justificación, en el asombro, en el aroma del geranio y del pan recién horneado, en el nuevo día, en la nueva tierra, en el nuevo pacto. En la vida, en la muerte que ya no vencerá, en el olvido y la memoria.
OLGA DORADO va develándonos este piélago, ave de tormentas, que conforma el cuerpo en deslumbre. Desde el mito ancestral, el misterio entrevisto a través de la máscara, la insolencia epidérmica en la tormenta del deseo, la bestia desaforada, la lágrima temblorosa surcando la faz inocente, la algarabía desbordada de colores y palabras, hasta el estupor último cuando te descubres en el espejo… Ardiendo en la ira y el fuego, cubierto con ojos como carbunclos… (Shakespeare, acto segundo, escena II, Hamlet). Nunca claudicaremos. La conclusión final – parafraseando a Bertrand Russell – es que sabemos muy poco, y sin embargo, es asombroso lo mucho que sentimos. Y más asombroso todavía que un sentimiento tan pequeño nos pueda dar tanto por que vivir.
OLGA DORADO, su pintura - poesía, es ese asombro y ese ansia de absoluto, esa flor y ese canto, esa ira y ese fuego, ese espíritu vencedor, disidente… Allí nos convocamos los conjurados.
Manuel E. Montilla Octubre 2008 David, Chiriquí, Panamá.
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